El día que entendí que no tenía que ser la madre perfecta
La maternidad
llega acompañada de muchas cosas: amor infinito, noches sin dormir, risas
inesperadas... y también de una presión enorme por hacerlo todo bien.
Ser
paciente, ser
organizada. tener
la casa recogida, dar
comida saludable, estimular
a los niños, leer
cuentos, no
perder la calma,...
Durante mucho tiempo pensé que una buena madre debía poder con todo. Hasta que un día cualquiera, sin nada especial, entendí algo que me cambió la forma de ver la maternidad.
Era Martes, uno
de esos días normales que empiezan con prisas.
El
despertador sonó tarde porque la noche anterior mi hijo se había despertado
varias veces. Yo estaba cansada incluso antes de levantarme de la cama. Cuando
fui a despertar a los niños, el pequeño no quería levantarse.
—Cinco minutos más, mamá.
Cinco minutos que se convirtieron en diez. Mientras tanto, el mayor decidió que las mambas que compamos el dia anterior no le quedaban bien, le iban pequeñas (después de haber pasado 1 hora en la tienda mirando y probando...:). Que ya no era la que quería... Y así empezó la discusión.
Mientras intentaba convencer a uno para vestirse y al otro para levantarse, puse la leche en la mesa.
Error número uno. A los tres minutos escuché el sonido que todas las madres conocemos:
- "plaf!"
La
taza en el suelo. Leche
por la mesa, por la silla… y por la ropa.
Respiré
hondo. Muy hondo. Pero
ya estaba empezando a sentir esa mezcla de estrés, frustración y culpa que
aparece cuando las cosas se descontrolan.
Entre limpiar la leche, encontrar otra camiseta y preparar mochilas, el reloj avanzaba demasiado rápido. Y entonces pasó. Mi hijo pequeño empezó a llorar porque no encontraba su juguete favorito. Lo estaba buscando por toda la casa.
Yo sabía que llegábamos tarde. Y sin darme cuenta levanté la voz.
—¡NO PODEMOS BUSCAR JUGUETES AHORA!
Silencio.
Ese silencio incómodo que aparece cuando los niños se quedan quietos mirando. Y en ese momento me sentí terrible.
Salimos de casa corriendo. Uno con cara de enfado y el otro medio dormido. Y yo con esa sensación en el pecho de no haber sido la madre que quería ser.
Mientras caminábamos hacia el colegio pensaba:
- Hoy no lo he hecho bien. No fui paciente. No fui tranquila. No fui la madre que imaginaba cuando pensaba en tener hijos.
Y
entonces pasó algo pequeño, pero muy importante.
Antes
de entrar al colegio, mi hijo pequeño me abrazó. Así,
sin más!
—T'estimo mama (te quiero).
No
mencionó la discusión. No
habló del grito. No
parecía enfadado. Solo
quería un abrazo.
Y
en ese momento entendí algo que muchas veces olvidamos.
Durante mucho tiempo pensé que tenía que hacerlo todo bien. Pero ese abrazo me recordó algo fundamental: Los niños no esperan perfección, esperan amor. Esperan que estemos ahí. Esperan sentir que son importantes. Esperan saber que, pase lo que pase, seguimos siendo su lugar seguro. Incluso en las mañanas más caóticas y perdemos la paciencia :D
La maternidad que vemos en redes sociales muchas veces parece perfecta pero la maternidad real se parece más a esto: Rabietas inesperadas, lloriqueos, frustraciones pero también risas y cariño.
Uno de los aprendizajes más importantes de la maternidad es aprender a tratarnos con más amabilidad ya que NO somos robots. Somos personas (cansadas), con mil responsabilidades y sntimientos.
Habrá momentos en los que lo hagamos genial y otros en los que no tanto. Pero eso no define quiénes somos como madres.
Si me paro a pensar... pienso que mis hijos probablemente no recordarán si la casa estaba siempre ordenada o si no le gustó el desayuno de esa semana pero si que despertabamos juntos, compartiamos la mañana con todo lo que implica. Que estamos ahi para escuchar y ayudar.
